La mano del hombre intenta desafiar a la naturaleza con una iniciativa del gobierno egipcio para regar las zonas desérticas con agua de desecho y convertirlas en bosques, cuya superficie equivale ya al territorio de Panamá. La diferencia después de la intervención humana es dramática: en el que antes era un paisaje desértico, inhóspito y abrasador ahora hay manchas verdes cubiertas de árboles de alto valor económico como álamos, papiros y eucaliptos.
Y esto gracias al agua que utilizan, contaminan y desechan los 80 millones de egipcios todos los días y que, irónicamente, es la mejor para estos llamados bosques “hechos a mano”.
“El agua residual puede convertir lo no fértil, como el desierto, en algo fértil ya que contiene nitrógeno, micronutrientes y sustancias orgánicas ricas para la tierra”, dijo a Efe el profesor del Instituto de Investigación de Suelo, Agua y Medio Ambiente Nabil Kandil, dedicado al análisis de terrenos desérticos adecuados para la forestación.
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